martes 22 de mayo de 2007

Tintín en la blanca inmensidad

Pasaba Hergé a finales de los años cincuenta una crisis personal que se traducía con agobiantes pesadillas en las que predominaba una inmensidad blanca. Convencido por su psiquiatra de que debía exteriorizar de algún modo los miedos que le acuciaban, decidió exorcizar sus fantasmas de la mejor forma que sabía: haciendo historietas. El resultado fue Tintín en el Tibet, posiblemente el mejor tebeo salido de las manos del maestro y sus colaboradores.

Como cualquier lector de Tintín sabe, es este volumen un canto a la amistad frente a todo tipo de circunstancias adversas, además de una oda a la pequeñez del ser humano ante la naturaleza, mostrada aquí como un inmenso manto blanco que se opone a las intenciones de los hombres.

Esta impresión quedó bien clara hacia la mitad del relato, cuando, desolados Haddock y Tintín ante la imposibilidad de encontrar a su amigo Tchang como superviviente de un accidente aereo en el Himalaya, Hergé dispone una secuencia de tres viñetas que juntas componen un plano general de la montaña nevada. En este marco incomparable sitúa el autor a los tres protagonistas, como indefensos enanos ante la magnificiencia de la cordillera. Ese inmenso manto blanco que agobiaba al historietista en sus sueños aparece aquí en toda su magnitud, haciendo que el lector sienta, aunque sea por un breve momento, la misma angustia, la de un ser humano en soledad rodeado de un color blanco casi inmaculado.

Sirva este comentario como humilde homenaje a Hergé en su centenario. Gracias, maestro, por todas las aventuras que nos diste, con las que hemos pasado y seguiremos pasando excelentes momentos.

lunes 21 de mayo de 2007

La isla de Nunca Jamás existe

Tiene Javier de Isusi la capacidad de contar historias, algo difícil ya de por sí. Pero además tiene también el poder de hacerlas evocadoras, de obligar al lector a mascullar entre dientes y meditar mientras se leen los avatares de Vasco, al que uno no sabe si atribuirle el papel de "otro yo" del artista o de mero comparsa imaginario en los eventos que pretende narrar.

La cuestión es que en esta segunda entrega de Los viajes de Juan Sin Tierra el historietista va un paso más allá de lo que nos presentó en el primer capítulo, La pipa de Marcos. Había allí un afán documentalista, sólo roto en las últimas páginas por la casi fantasmal y presumiblemente falsa presencia del lider zapatista.

En La isla de Nunca Jamás toma el referente de la obra de Barrie para presentar un relato a varios niveles, oscilando entre lo documentalista, lo literario y lo legendario. Nuevamente Vasco toma parte en una acción reivindicativa, pero aquí ésta se nos muestra dentro de una sublimación de la historia, que adquiere características de mito. A esto hay que sumarle reflexiones sobre la capacidad de contar y la que parece que va a ser habitual en la serie crítica política.

Todo este material, que en otras manos habría originado un caos ilegible, es manejado por Isusi de forma sabia, dentro de un ritmo de narración muy bien estudiado. El autor sabe perfectamente cuando debe introducir el mito, cuando la leyenda y cuando los flash-backs, las reflexiones o la crítica, hasta llegar al desenlace final donde se desencadena la aventura. También sabe el estilo de dibujo adecuado para cada momento, algo de lo que se beneficia sobremanera la lectura.

¿Cuanto tiempo de búsqueda le queda a Vasco para encontrar a ese cada vez más imaginario e intranscendente amigo Juan? Uno espera que bastante, porque eso querrá decir que Isusi tiene todavía mucho que contar, ya que es de esos pocos afortunados que parece haber encontrado el lugar donde moran las historias...

Nota: todos, el autor el primero de ellos, hablan de la deuda de este Juan Sin Tierra con Hugo Pratt... sin ánimo de ser polémico, uno prefiere, con mucho, las andanzas del bueno de Vasco, que encuentro mucho más cercanas que las del aventurero Maltés... Con aquellas me encuentro más a gusto y más identificado. Que conste a los efectos oportunos.

jueves 17 de mayo de 2007

El buen uso de la viñeta-página


La viñeta página (splash page, para quienes lamentablemente usen el anglicismo) es uno de tantos recursos que el medio del comic pone a disposición del historietista para contar una historia. Y como todos los recursos, debe tener una razón para estar ahí, apoyar de algun modo el ritmo narrativo o tener una función descriptiva, no es algo que deba usarse por capricho o en aras de un esteticismo no necesario.

Lamentablemente, el funcionamiento serializado del comic mainstream USA obliga practicamente a los artistas a empezar cada cuadernillo de 22 páginas con una viñeta de este tipo (o una o dos páginas despues), en aras de una espectacularidad forzada y no siempre necesaria. Es más, muchas veces tal viñeta es una repetición del final del cuadernillo anterior, casi siempre redundante.

No es el caso, por suerte, que nos ocupa. Recapitulemos: el guionista Peter David ha dado con la que podría ser la versión definitiva del personaje Hulk, una combinación de las tres encarnaciones clásicas del mismo: la bestia desbocada, la torpe intelectualmente y el alter ego de la misma, el científico Bruce Banner. El resultado es un ser casi humano dotado de un físico y una fuerza monstruosa pero con una inteligencia fuera de lo común. Si no me equivoco, fue John Byrne quien dijo, a propósito de su etapa en Wonder Woman, que un personaje así debería ser arrogantemente simpático y pagado de sí mismo. Peter David se le adelantó algunos pocos años en esta idea.

Aunque la nueva personalidad de Hulk ya había sido presentada en el número anterior, en una viñeta junto a su esposa Betty Banner, es con esta viñeta página donde el lector es plenamente consciente del caracter renovado del personaje. Estamos ante una viñeta descriptiva y no narrativa, como es habitual en este recurso. Para mostrar la magnitud fisica del protagonista, se le presenta en el centro de la viñeta, con un leve contrapicado, y flanqueado en composición triangular por dos personajes más. El contrapicado acentúa los monstruosos rasgos físicos, como es lógico, pero es en comparación con sus dos acompañantes cómo más destacan aquellos.

Aunque la elección de dichos personajes es lógica, dado que han sido fundamentales en el desarrollo de la trama reciente, no es por ello menos cierto que su aparición en la viñeta no es ociosa. A la derecha de Hulk tenemos al Maestro de la Pista, representando a los humanos "normales", una persona más bien enclenque, cuyo contraste con el gigante verde es espectacular. Pero el caso es que a la izquierda de éste tenemos a Doc Samson, supuestamente un superhéroe de fuerte presencia física, que sin embargo resulta empequeñecido por el titular de la serie. Para completar la imagen, hay una breve línea de diálogo pronunciada por Hulk, que le muestra como un personaje de actitud chulesca y pagada de sí misma.

En resumen, en una sóla viñeta Peter David y Dale Keown son capaces de mostrarnos la línea que va a seguir la colección de Hulk a partir de ahora. Tenemos a una imponente bestia verde de tendencias arrogantes y capaz de hacer bromas ante la cual tenemos que sentir, como seres humanos de a pie, una temerosa simpatía y un incipiente terror. Una descripción perfecta. No siempre una viñeta página debe mostrar explosiones y pirotecnias varias, ni siquiera en el comic yanqui...

viernes 4 de mayo de 2007

Otra maravilla de Carlos Giménez

Nada, que no hay manera. Que uno intenta leer cada nuevo trabajo de Carlos Giménez desde una distancia, sin los arrebatos del admirador convicto y confeso, y no se puede. Que este señor te mete en sus historias de un trompazo y cuando sales de ellas estás hecho un guiñapo de sensibilidad (no sensiblería, eso nunca) y sentimientos.

De seguir este ritmo, se nos va a convertir Carlos (si no lo ha hecho ya) en nuestro Will Eisner particular, en el sentido de que la edad no aporta síntomas de cansancio a su trabajo, si no todo lo contrario: hay trazo firme, vitalidad, pulso narrativo, caracterización y, sobre todo, historias que atrapan desde las primeras viñetas.

Da igual que las dos historias cortas (las de apertura y conclusión) de este volumen sean más o menos predecibles en su resolución y jueguen al equívoco narrativo con todos los tópicos posibles. Giménez consigue que nos hagamos compadres de esos personajes y vivamos lo que ellos viven.

Pero en las dos historietas largas... ay, en esas historietas... no sólo consigue el autor que sintamos en carne viva la peripecia... es que logra unas historias plenas de sentimiento, de cambios de ritmo narrativo y de inspiración que llegan a lo más hondo del lector. En "El mozo", por ejemplo, conviven la aventura infantil, el apunte costumbrista, la serenidad y misterio de un padre protector, la lealtad misteriosa... con la exaltación destructiva, el odio, el cambio de bando de personajes que pasan de ser odiados a ser compadecidos...

"Ese día...", por contra, fluye narrativamente con serenidad, extrayendo el sentimiento de que hay algo, un acontecimiento dramático, que el lector conoce desde el principio y el niño protagonista ignora. Así, la historieta discurre plácidamente entre juegos infantiles mientras que nosotros, espectadores, en lugar de disfrutar de esa alegria de la niñez, sentimos el corazón encogido ante como Alfredito, sin saberlo, va a ver trastocada su inocencia. Cosa que ocurre al final, en unas viñetas estremecedoras.

Es, pues, imposible ser imparcial ante un tebeo de Carlos Giménez. Todo lo que nos queda es darle las gracias al maestro por una nueva gran obra, y rogar porque le quede salud y ganas de hacer tebeos durante mucho tiempo.