Tintín en la blanca inmensidad
Pasaba Hergé a finales de los años cincuenta una crisis personal que se traducía con agobiantes pesadillas en las que predominaba una inmensidad blanca. Convencido por su psiquiatra de que debía exteriorizar de algún modo los miedos que le acuciaban, decidió exorcizar sus fantasmas de la mejor forma que sabía: haciendo historietas. El resultado fue Tintín en el Tibet, posiblemente el mejor tebeo salido de las manos del maestro y sus colaboradores.
Como cualquier lector de Tintín sabe, es este volumen un canto a la amistad frente a todo tipo de circunstancias adversas, además de una oda a la pequeñez del ser humano ante la naturaleza, mostrada aquí como un inmenso manto blanco que se opone a las intenciones de los hombres.
Esta impresión quedó bien clara hacia la mitad del relato, cuando, desolados Haddock y Tintín ante la imposibilidad de encontrar a su amigo Tchang como superviviente de un accidente aereo en el Himalaya, Hergé dispone una secuencia de tres viñetas que juntas componen un plano general de la montaña nevada. En este marco incomparable sitúa el autor a los tres protagonistas, como indefensos enanos ante la magnificiencia de la cordillera. Ese inmenso manto blanco que agobiaba al historietista en sus sueños aparece aquí en toda su magnitud, haciendo que el lector sienta, aunque sea por un breve momento, la misma angustia, la de un ser humano en soledad rodeado de un color blanco casi inmaculado.
Sirva este comentario como humilde homenaje a Hergé en su centenario. Gracias, maestro, por todas las aventuras que nos diste, con las que hemos pasado y seguiremos pasando excelentes momentos.












