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martes, 22 de mayo de 2007

Tintín en la blanca inmensidad

Pasaba Hergé a finales de los años cincuenta una crisis personal que se traducía con agobiantes pesadillas en las que predominaba una inmensidad blanca. Convencido por su psiquiatra de que debía exteriorizar de algún modo los miedos que le acuciaban, decidió exorcizar sus fantasmas de la mejor forma que sabía: haciendo historietas. El resultado fue Tintín en el Tibet, posiblemente el mejor tebeo salido de las manos del maestro y sus colaboradores.

Como cualquier lector de Tintín sabe, es este volumen un canto a la amistad frente a todo tipo de circunstancias adversas, además de una oda a la pequeñez del ser humano ante la naturaleza, mostrada aquí como un inmenso manto blanco que se opone a las intenciones de los hombres.

Esta impresión quedó bien clara hacia la mitad del relato, cuando, desolados Haddock y Tintín ante la imposibilidad de encontrar a su amigo Tchang como superviviente de un accidente aereo en el Himalaya, Hergé dispone una secuencia de tres viñetas que juntas componen un plano general de la montaña nevada. En este marco incomparable sitúa el autor a los tres protagonistas, como indefensos enanos ante la magnificiencia de la cordillera. Ese inmenso manto blanco que agobiaba al historietista en sus sueños aparece aquí en toda su magnitud, haciendo que el lector sienta, aunque sea por un breve momento, la misma angustia, la de un ser humano en soledad rodeado de un color blanco casi inmaculado.

Sirva este comentario como humilde homenaje a Hergé en su centenario. Gracias, maestro, por todas las aventuras que nos diste, con las que hemos pasado y seguiremos pasando excelentes momentos.

jueves, 17 de mayo de 2007

El buen uso de la viñeta-página


La viñeta página (splash page, para quienes lamentablemente usen el anglicismo) es uno de tantos recursos que el medio del comic pone a disposición del historietista para contar una historia. Y como todos los recursos, debe tener una razón para estar ahí, apoyar de algun modo el ritmo narrativo o tener una función descriptiva, no es algo que deba usarse por capricho o en aras de un esteticismo no necesario.

Lamentablemente, el funcionamiento serializado del comic mainstream USA obliga practicamente a los artistas a empezar cada cuadernillo de 22 páginas con una viñeta de este tipo (o una o dos páginas despues), en aras de una espectacularidad forzada y no siempre necesaria. Es más, muchas veces tal viñeta es una repetición del final del cuadernillo anterior, casi siempre redundante.

No es el caso, por suerte, que nos ocupa. Recapitulemos: el guionista Peter David ha dado con la que podría ser la versión definitiva del personaje Hulk, una combinación de las tres encarnaciones clásicas del mismo: la bestia desbocada, la torpe intelectualmente y el alter ego de la misma, el científico Bruce Banner. El resultado es un ser casi humano dotado de un físico y una fuerza monstruosa pero con una inteligencia fuera de lo común. Si no me equivoco, fue John Byrne quien dijo, a propósito de su etapa en Wonder Woman, que un personaje así debería ser arrogantemente simpático y pagado de sí mismo. Peter David se le adelantó algunos pocos años en esta idea.

Aunque la nueva personalidad de Hulk ya había sido presentada en el número anterior, en una viñeta junto a su esposa Betty Banner, es con esta viñeta página donde el lector es plenamente consciente del caracter renovado del personaje. Estamos ante una viñeta descriptiva y no narrativa, como es habitual en este recurso. Para mostrar la magnitud fisica del protagonista, se le presenta en el centro de la viñeta, con un leve contrapicado, y flanqueado en composición triangular por dos personajes más. El contrapicado acentúa los monstruosos rasgos físicos, como es lógico, pero es en comparación con sus dos acompañantes cómo más destacan aquellos.

Aunque la elección de dichos personajes es lógica, dado que han sido fundamentales en el desarrollo de la trama reciente, no es por ello menos cierto que su aparición en la viñeta no es ociosa. A la derecha de Hulk tenemos al Maestro de la Pista, representando a los humanos "normales", una persona más bien enclenque, cuyo contraste con el gigante verde es espectacular. Pero el caso es que a la izquierda de éste tenemos a Doc Samson, supuestamente un superhéroe de fuerte presencia física, que sin embargo resulta empequeñecido por el titular de la serie. Para completar la imagen, hay una breve línea de diálogo pronunciada por Hulk, que le muestra como un personaje de actitud chulesca y pagada de sí misma.

En resumen, en una sóla viñeta Peter David y Dale Keown son capaces de mostrarnos la línea que va a seguir la colección de Hulk a partir de ahora. Tenemos a una imponente bestia verde de tendencias arrogantes y capaz de hacer bromas ante la cual tenemos que sentir, como seres humanos de a pie, una temerosa simpatía y un incipiente terror. Una descripción perfecta. No siempre una viñeta página debe mostrar explosiones y pirotecnias varias, ni siquiera en el comic yanqui...

miércoles, 2 de mayo de 2007

Frases eternas del cómic


Son frases que repetimos muchas veces ignorando su origen o su significado, pero que partiendo de algún medio de la cultura del ocio han quedado incrustadas en nuestra vida diaria. Alardeamos de chulería pidiendo a la gente que nos "alegre el día", nos mostramos inmersos en un mar de dudas al amparo del "ser o no ser", bromeamos sobre nuestra imparcialidad diciendo que no querríamos ser miembros de un club que nos aceptase como socios o repetimos hasta la saciedad las frases pseudograciosas que hayamos oido por la televisión - la mayoría de ellas ya olvidadas, por suerte.

Pero, ¿y en el cómic? ¿existen también esas frases que forman parte del inconsciente colectivo y que repetimos en los momentos que nos parecen adecuados? Pues haberlas, las hay, aunque la menor audiencia para este medio hace que no estén tan arraigadas.

Lo cual no quita que el lector habitual las reciba, y hasta a veces las busque, con satisfacción, con la sensación de moverse en terreno conocido. Por ejemplo, todos sabemos la ambición del Gran Visir Iznogud desde la primera historieta suya que leemos... y sin embargo, no nos molesta, más bien todo lo contrario, que en cada historieta se repita la frasecita en cuestión, ya sea dicha por el propio personaje o por algún otro, ya sea tal cual o con ligeras variaciones. Es una parte más del elemento humorístico presente en el tebeo, y lo echaríamos de menos si faltara.

Lo triste es que esta frase definitoria de la ambición no sea conocida a nivel tan universal como las citas procedentes de otros medios... y si no, díganme, por ejemplo, si algún periodista ha mencionado alguna vez que Rajoy quiere ser califa en lugar del califa, o presidente en lugar del presidente... Es cierto que algunas cosas de tebeos sí que han pasado al acervo popular, pero tienden a reflejar más actitudes que frases hechas: ahí estarían el "pasar más hambre que Carpanta", o "las batallitas del abuelo Cebolleta", etc.

Pero como les supongo a ustedes ávidos lectores de tebeos y aficionados con pedigrí, les propongo a ustedes un pequeño juego: piensen en frases dentro de historietas que han hecho fortuna, llegando al nivel de frase hecha o cita reconocible, aunque sólo sea dentro del mundo del aficionado al tebeo. Yo les pongo algunos ejemplos más que se me ocurren a vuelapluma, desafiándoles asimismo a que identifiquen el origen de los mismos:

"¡Es que van como locos!" "Un gran poder conlleva una gran responsabilidad" "¡Están locos, estos romanos!" "Este es un trabajo para..." "No, no es la carniceria Sanzot" "I'm a poor lonesome cowboy..." "Soy el mejor en mi trabajo, y mi trabajo no es agradable" "Igualico, igualico, que el difunto de su agüelico"

jueves, 26 de abril de 2007

La muerte tenía un precio

Aunque muchos lectores recientes no se lo crean, hubo un tiempo en el comic de superhéroes americano en el que la muerte de un personaje significaba algo. Sí, lo de resucitar personajes ya se hacía, pero raramente cuando se orquestaba toda una saga y se acentuaba el dramatismo de un capítulo. Eran tiempos en los que el precio de la muerte de un héroe no era el número de ejemplares vendidos, sino el shock producido en sus fans. La historia en cuestión era mimada, trabajada y estudiada con cariño, conscientes sus creadores de que algo importante iba a ocurrir.

Son más o menos del dominio público las vicisitudes que atravesó la resolución definitiva de la saga de Fenix Oscura dentro de la colección Uncanny X-Men, allá en el lejano final de la década de los setenta, y hay que reconocer que el final elegido fue el adecuado, por el impacto que la muerte de un personaje con el carisma de Jean Grey podía tener.

Los autores, Chris Claremont y John Byrne, acentuaron los aspectos folletinescos del relato, llevándolo a níveles operísticos por cuanto de fanfarria cósmica había en él... y sin embargo, en el momento fundamental, jugaron sádicamente con los sentimientos del lector llevándolo a una escena casi cotidiana, un sencillo diálogo entre dos enamorados.

La cosa es de una sencillez apabullante: una primera viñeta (la aquí reproducida), en primer plano, en el que se observa la resignación de la víctima dispuesta al sacrificio, resaltado por un escueto diálogo y un ominoso fondo negro. A esta viñeta seguirían primero otra viñeta, pero en contraplano, mostrando el rostro del atribulado amante... para terminar en una viñeta de plano general mostrando la muerte propiamente dicha.

Estamos, pues, ante una muestra de excelente narración, al servicio de un hecho fundamental en la historia del grupo de mutantes... El lector, de aquella, sabía que algo definitivo había ocurrido. Luego llegaría la segunda mitad de la decada de los ochenta, el merchandising, los tebeos en sus plásticos con sus cromos de hologramas, las muertes gratuitas y las resurrecciones más gratuitas todavía... todo ello buscando revitalizar de mala manera un género que se moría a pasos agigantados, cuando no olía acremente a cadáver... Toda la masa de lectores estaba conquistada. ¿Toda? No. Un grupo de irreductibles revisionistas sabían que, por mucho que se dijera lo contrario, Jean Grey había muerto gloriosamente años atrás, por muchas pálidas imitaciones que vinieran luego...

lunes, 16 de abril de 2007

Dramática ralentización

El artista noruego Jason se caracteriza en su obra por un despliegue de rítmicos silencios y acertadas elipsis. Su trabajo Espera es la mejor muestra de su habilidad narrativa.

Es esta obra una acumulación de diferentes acontecimientos y escenas en dos etapas, la infancia y la madurez, que conforman la personalidad del protagonista, Jon. Se alternan escuetos diálogos y expresivos silencios de manera irreprochable, y el autor ralentiza conscientemente la acción en cada uno de esos episodios para que el lector se empape plenamente de la experiencia de Jon, al tiempo que deja a la imaginación de este lo que ocurre entre cada uno de ellos.

Hay un evento fundamental en la historia, que va a determinar el devenir de la vida de Jon, momento en el que el autor frena la acción al máximo para enfatizar el dramatismo de lo que va a suceder. No hay elipsis alguna, la secuencia se congela en el intervalo que lleva pronunciar una sencilla palabra, la que da título a la obra... Una palabra en la que se condensan un miedo repentino y una sombra sobre la vida del personaje principal. El lector, que viene de unas páginas ligeras y de optimismo infantil, se ve aturdido por la magnitud del momento, al que siguen una serie de viñetas en fundido a negro y encerrando una elipsis que deja bien a las claras lo sucedido y su transcendencia.

miércoles, 4 de abril de 2007

El pájaro de Sam Balluga

No es extraño que algún historietista se deje llevar por sus mitos e incluya en su obra algún homenaje, disimulado o no, a las influencias que han hecho de él el artista que es. Esto es todavía más frecuente en obras paródicas, donde el mayor o menor respeto al original hace que esos homenajes sean más frecuentes o no.

A comienzos de los años ochenta, la entonces pareja creativa Mariel y Andreu Martín crean el personaje e historieta Sam Balluga, una parodia absolutamente surrealista y tremendamente divertida del género negro. La obra está llena de juegos de palabras, rupturas de la cuarta pared, brechas narrativas y giros argumentales inconexos, todo ello en búsqueda de la sonrisa, cuando no la carcajada, pero todo ello dentro del máximo respeto a la base original: se nota el cariño que tienen sus autores por el género que es objeto de su burla.

Esta burla incluye homenajes al cine cómico mudo, al de gangsters y, cómo no, al cine negro, un homenaje que culmina en la viñeta que presentamos, reproducción adaptada a la historia narrada en el tebeo de posiblemente la más famosa escena de la película El halcón maltés. El humor se acrecienta si comparamos la trama de película y tebeo, donde el paralelismo entre los mcguffins que desatan el argumento de ambos es cuanto menos grotesco. En la película, tenemos la búsqueda del ave homónima, y en la historieta se busca una pajarita de papel egipcia. Por lo demás, si comparan la escena original con la viñeta, verán que el único cambio estriba en la mirada de los personajes, dirigida hacía el personaje que habla.

En fín, estamos ante una viñeta que presentamos como ejemplo de un homenaje bien planteado, y como reivindicación de una obra que merecería una reedición decente para disfrute de las nuevas generaciones.

(Nota: si quieren ver la escena original homenajeada, pulsen aquí).

lunes, 26 de marzo de 2007

La mirada de Leónidas

Variaciones sobre el mismo tema: en uno de los primeros posts veíamos el uso del punto de vista subjetivo por parte del maestro Will Eisner en una historieta de Spirit. Allí era la visión de un hombre normal y decente convertido en un asesino.

Ahora observemos esta página del 300 de Frank Miller. Nuevamente se usa un punto de vista subjetivo, pero con algunas variaciones, unas claramente perceptibles y otras más subrepticias. Para empezar, el formato a gran tamaño de las páginas de la obra de Miller le permite aumentar el detalle y la espectacularidad, algo lejano de la cotidianeidad que ofrecía Eisner. Por lo demás, aparentemente el recurso es el mismo: vemos lo que ve el protagonista; pero no todo es tan sencillo...

En el ejemplo de Eisner, la visión estaba enmarcada por las cuencas de los ojos del protagonista, dando una visión amplia y nada constreñida de la mirada del protagonista. Sin embargo, en el caso de Leónidas de Esparta, la visión esta limitada por las ranuras de los ojos de su casco. La impresión es más opresora, más limitada, fiel reflejo de la situación de los héroes acorralados en el desfiladero sin salida. De hecho, veremos en las páginas siguientes como en el momento definitivo Leónidas se despojará de ese casco que le molesta.

Sin embargo, la diferencia más evidente entre la técnica de Eisner en la viñeta mencionada y la de Miller en la que nos ocupa es que se nos da más información. Mediante la inserción de viñetas a modo de contraplano se nos permite ver también los ojos de Leónidas. Eso despoja de frialdad a la narración, pues vemos la reacción del protagonista ante lo que está viendo. En el primer inserto y en el segundo ve los enemigos que le van a atacar; hay atención y firmeza en su mirada. En el tercer inserto, la mirada se torna fiera y determinada. Aunque ya lo sabía, ahora ve la confirmación del riesgo imposible ante el que se va a enfrentar...

Un nuevo ejemplo brillante, pues del uso del punto de vista subjetivo.

miércoles, 14 de marzo de 2007

¡¡Estúpidas, más que estúpidas ratas!!


Un gag sencillo y vertiginoso, clarificador e integrado. Los que reprochemos a Jeff Smith que la acción de Bone es demasiado lenta, que el autor se detiene demasiado en los detalles y que no sabe imprimir ritmo a su narración, deberíamos echar un vistazo a los últimos capítulos de esta extraordinaria serie; si queremos algo más corto, el episodio de la carrera de vacas; y si queremos algo más corto todavía, las dos viñetas que nos ocupan hoy. En estos tres ejemplos vemos que la lentitud que daba Smith a su obra al principio era un efecto plenamente buscado, que lo que importaba era que los personajes, y los detalles, empaparan al lector y le dejaran preparado para la trama fundamental de la historia.

En el gag de las dos viñetas de arriba lo que importaba era dejar bien sentado de una vez por todas el caracter de dos personajes aparentemente laterales a la narración principal y, sin embargo, de gran importancia posterior. Ya han sido usados antes en alguna escena cómica, pero éste va a ser el momento en que su personalidad va a quedar claramente definida.

El gag es sencillo, y el lector sabe perfectamente lo que va a ocurrir mientras está leyendo la viñeta. Según Bone, las ratas tendrían que ser muy estúpidas para saltar sobre la frágil rama en la que se apoya... no hay duda, saltarán. Pero no es un mal chiste, de esos que se ven venir y que muchas veces son lastrados por una larga narración que los hace peores. Porque Smith usa una mínima elipsis que hace vertiginosa la acción, para mostrarnos a las ratas apoyadas en la rama en la viñeta siguiente. La comicidad surge de la rapidez con la que ocurre la escena y de la airada reacción de Bone, que en este caso es reflejo de lo que piensa el lector.

Las dos viñetas confirman la estupidez de los personajes, y también su tenacidad, y queramos que no, a pesar de ser parte de los malvados de la obra, crean una corriente de simpatía, que hace que el lector desee nuevas intervenciones de los personajes, sabedor de que una sonrisa, al menos, estará garantizada. Finalmente, advertimos que las escenas en la que aparecen no son desviaciones de la trama principal, sino que todas sus apariciones no son ociosas y hacen avanzar el relato. En este caso, su persecución llevará al protagonista a un nuevo encuentro con el dragón y a conocer otro de los personajes principales, Thorn.

Indudablemente, Smith es un autor de esos que saben realmente lo que se traen entre manos. Y eso se agradece.

jueves, 25 de enero de 2007

La canción de la espada

Todos recordamos una canción concreta de un disco, e incluso algún verso de la misma. Todos somos capaces de recordar, y hasta recitar, escenas completas de alguna película, y usamos sus frases como ilustraciones de la vida misma. Pero en el tebeo, ¿podemos recordar con claridad una viñeta, una frase dicha por un personaje, una escena que nos haya marcado profundamente, cuya fuerza vaya más allá de lo en ella narrado o dicho?

La viñeta que nos ocupa hoy debería ser recordada, citada, llevada al extremo mitómano por todo amante de la historieta que se precie. Pocas veces habremos visto al héroe en circunstancias tan adversas y, sin embargo, pocas veces habremos estado tan seguros de que tarde o temprano triunfaría.

Todo en la escena es perfecto: los ojos que se nos van alternativamente de la interminable fila de vikingos al solitario joven que les hace frente, en una linea horizontal cuajada de detalle, donde cada personaje es claramente definido y caracterizado. En contraste, vemos una linea vertical, la que siguen los enemigos que caen al enfervorecido torrente que se les lleva.

Viendo esta viñeta, todos queremos ser Valiente, a todos nos gustaría ser el héroe enfrentado a la hazaña imposible, blandiendo la Espada Cantarina, sí, esa que da fuerza a su poseedor cuando es enarbolada en una causa justa. Y ¿qué puede haber más justo que luchar por la persona amada, liberarla de sus captores para caer luego rendidos a sus pies?

Viñetas como esta son historia viva del tebeo, la razón por la que muchos caimos una vez subyugados ante este medio de expresión y todavía hoy seguimos maravillados por sus infinitas posibilidades.

lunes, 15 de enero de 2007

La tristeza de Jeremiah

La fuerza de una viñeta puede verse fácilmente si se descontextualiza. Para que una viñeta mantenga su vigor aislada de sus referentes, sin embargo, hace falta un excelente dibujante, alguien que sea capaz de reflejar en un rostro o en un ambiente todo el contenido del recuadro, además de poder, si es necesario para la narración, usar otro elementos consustanciales a la historieta.

Veamos esta viñeta de Hermann, del álbum Un cobaya para la eternidad, de la serie Jeremiah. Tanto si conocen la obra como si no, es difícil sustraerse a la fuerza de su expresión, y casi imposible no deducir los sentimientos del personaje.

Obviamente, el principal garante del contenido es el dibujo del rostro. A pesar del detalle del dibujo realista del autor belga, es de una simplicidad latente. Ojos cerrados, labios con mohín, el rostro ligeramente entornado. Así de sencillo. Hay tristeza en el personaje. Podemos elucubrar: si no fuera por los ojos cerrados, probablemente veríamos las lágrimas; es posible que cerrar los ojos implique también que no quiere ver algo o a alguien.

Decíamos que no basta con ser un buen dibujante, con todo; hay otros elementos del lenguaje del cómic que el autor debe saber dominar. Evidentemente, un primer plano es el mejor medio para mostrar el sentimiento del personaje, pero aquí ese primer plano es convenientemente manipulado por el artista. El rostro esta cortado a la altura de la coronilla, por arriba, y de la barbilla, por abajo. El efecto es que si dividiéramos la viñeta horizontalmente en tres partes más o menos iguales, veríamos que la prímera línea que corta estaría aproximadamente a la altura de los ojos; la segunda, a la altura de los labios. Los dos elementos que definen la expresión de Jeremiah. Según una regla de la fotografía, esas líneas imaginarias que dividen en tres una imágen definen los puntos de más interés.

Veamos ahora el encuadre: estamos ante una viñeta horizontal. Un encuadre vertical habría constreñido la imágen, dando la impresión de un ambiente cerrado y redundando probablemente en la interioridad de los sentimientos del personaje. Pero el autor decide introducir una línea de diálogo, con lo cual entra en escena un personaje que no aparece en la viñeta. Es un diálogo corto y, además, en un rotulado muy pequeño. El encuadre horizontal que nos ofrece Hermann parece exagerado para algo tan exiguo. ¿O no?

Al estar el personaje situado a la derecha, se respeta el sentido de lectura desde la izquierda, así que leemos primero sus líneas y luego vemos su rostro. La última impresión es la demoledora tristeza que transmite. Para cuando vemos el dibujo, ya sabemos la causa de su tristeza: decepción. El rotulado pequeño transmite un sonido bajo, casi un susurro. Los puntos suspensivos que le rodean, la idea de una frase inacabada, quiza enmarcada en un suspiro. El bocadillo no engloba las palabras, y queda deliberadamente abierto: las palabras de Jeremiah son lanzadas al aire, más que dirigidas a su invisible interlocutor, y en su pequeñez dentro de la viñeta, dentro de ese desequilibrio con respecto a la ocupación de las dos mitades de la misma, transmiten absoluta indefensión.

Sí, una viñeta descontextualizada puede mantener su fuerza. Eso nos da una idea de su función dentro del relato. Sólo hace falta un autor que sepa bien lo que hace.

Imagen © Novedi, Bruselas / Ediciones Junior.

domingo, 7 de enero de 2007

Tras los ojos del asesino

En todas las artes hay en el espectador un matiz de voyeur, en el sentido de que somos cotillas testigos de la visión del mundo que el artista ha querido darnos. Sin embargo, en pocas somos tan manejados por el artista como en las artes visuales narrativas, como el cine o la historieta. Ahí somos marionetas en manos del creador, qué nos hace ver lo que él quiere que veamos y nos deja poco espacio para la imaginación. Pero también es cierto que el narrador omnisciente que nos cuenta historias en estos medios hermanos puede, al decidir la forma en que cuenta el relato, dar cierto margen de actuación al espectador. Sin embargo, otras veces fuerza a éste a ser observador indefenso de lo que acontece.

En la historieta "El asesino" Will Eisner nos pone de repente (previo aviso, eso sí), literalmente tras los ojos de Henry, el protagonista. Vamos a presenciar una tragedia en primera fila, sin ninguna barrera, ni siquiera la emblemática cuarta pared. Esto va a permitir que comprendamos mucho mejor las motivaciones de Henry, sin ninguna innecesaria explicación más. Es como si, situados en las cuencas de los ojos de éste, recibamos al mismo tiempo que él las instrucciones que manda el cerebro.

Toda el flash-back que se ha desarrollado antes ha llevado a esta cruda manifestación de la realidad, donde la implicación con el personaje es total. Ya no es que la viñeta sea el ineludible destino al que el artista obliga al lector a llevar a sus ojos... Se nos introduce tras los ojos del personaje, y ya no vemos lo que ve el artista, si no lo que ve aquel. Es como si el creador nos dijera que él es también esclavo de su relato, que no puede elegir lo que cuenta. Es más, este punto de vista incide en la frialdad con la que actúa el personaje, demostrándonos como el modo de narrar una historia no sólo es un medio para el desarrollo de la misma, si no que también puede aportar datos a la caracterización.

El acertado uso de recursos como este es campo vedado de maestros en su arte, como el añorado Will Eisner. Muchas veces, cuando vemos algo así somos inmunes a su efecto, por tantas veces como ha sido imitado, repetido e incluso parodiado, y olvidamos, o ignoramos, a los pioneros que experimentaban con el lenguaje del medio. No está de más rendirles el homenaje que se merecen de vez en cuando.

Imagen © Will Eisner, Norma Editorial.

jueves, 4 de enero de 2007

Una habitación con viñetas

Hasta donde soy capaz de recordar, siempre he leído tebeos. Siempre me ha fascinado la viñeta, ese elemento narrativo capaz de transmitir emociones infinitas, y me he rendido ante la magía del lenguaje subyacente en las viñetas cuando estas se combinan para contar una historia.

Como para el Pablito de Paracuellos, cada nuevo tebeo que caía en mis manos suponía un instante parado en el tiempo, un momento maravilloso. Abría sus páginas con un temor casi reverencial y luego devoraba una y otra vez todas y cada una de sus páginas con fruición, hasta que las puntas de las hojas se volvían amarillas y macilentas de tanto pasar y repasar. Daba igual que fuera un Tintín, o un Asterix, o un Mortadelo, o un Tio Gilito. Todos "sufrían" ante mi voraz lectura.

Con el tiempo, fui aprendiendo que detrás de Tintín estaba un tal Hergé, o de Asterix unos tales Uderzo y Goscinny... hasta el señor Ibáñez aparecía en la última página de los volúmenes de Mortadelo y Filemón (Nota: tardé tiempo en saber que Walt Disney no era el creador directo de todas las películas y tebeos de su factoría, así que el reconocimiento a Carl Barks fue muy tardío...). Y les envidié esa capacidad de contar una historia en viñetas, envidia acrecentada con el paso de los años, al ver mi incapacidad manifiesta para el dibujo y tener que limitarme a hablar de los sentimientos que me inspiraba su lectura...

La cuestión es que una parte importantísima de nuestra vida se compone de canciones, de libros, de películas... y de viñetas. Viñetas que nos han emocionado y transpuesto, que están dentro de nosotros, y que supusieron ventanas a nuevos mundos, lejanos y cercanos al nuestro.

Si ustedes sienten como un servidor y como el Pablito de Paracuellos, les doy la bienvenida a esta bitácora y les invito a compartir las sensaciones que puede llegar a ocasionar la lectura de un tebeo o una viñeta. Muchas gracias.

Imagen © Carlos Giménez, Ediciones Glénat.