jueves, 25 de enero de 2007

La canción de la espada

Todos recordamos una canción concreta de un disco, e incluso algún verso de la misma. Todos somos capaces de recordar, y hasta recitar, escenas completas de alguna película, y usamos sus frases como ilustraciones de la vida misma. Pero en el tebeo, ¿podemos recordar con claridad una viñeta, una frase dicha por un personaje, una escena que nos haya marcado profundamente, cuya fuerza vaya más allá de lo en ella narrado o dicho?

La viñeta que nos ocupa hoy debería ser recordada, citada, llevada al extremo mitómano por todo amante de la historieta que se precie. Pocas veces habremos visto al héroe en circunstancias tan adversas y, sin embargo, pocas veces habremos estado tan seguros de que tarde o temprano triunfaría.

Todo en la escena es perfecto: los ojos que se nos van alternativamente de la interminable fila de vikingos al solitario joven que les hace frente, en una linea horizontal cuajada de detalle, donde cada personaje es claramente definido y caracterizado. En contraste, vemos una linea vertical, la que siguen los enemigos que caen al enfervorecido torrente que se les lleva.

Viendo esta viñeta, todos queremos ser Valiente, a todos nos gustaría ser el héroe enfrentado a la hazaña imposible, blandiendo la Espada Cantarina, sí, esa que da fuerza a su poseedor cuando es enarbolada en una causa justa. Y ¿qué puede haber más justo que luchar por la persona amada, liberarla de sus captores para caer luego rendidos a sus pies?

Viñetas como esta son historia viva del tebeo, la razón por la que muchos caimos una vez subyugados ante este medio de expresión y todavía hoy seguimos maravillados por sus infinitas posibilidades.

sábado, 20 de enero de 2007

Tomás o Gastón, da igual. ¡Qué grande eres, Franquin!


Mis conocimientos sobre la historia del tebeo no son tantos como para aseverarlo con completa seguridad, pero me atrevería a decir que en Tomás el Gafe tenemos, si no al primero, a uno de los mejores retratos de anarquista no violento en la historieta de humor, si no en la historieta, sin adjetivos. No me refiero a un anarquista combativo, claro: sus trastadas definen a un espíritu libre e inocente, que no entiende nunca por qué a los demás no les gustan sus iniciativas y, es más, tampoco entiende por qué la gran mayoría están condenadas a salir mal.

Tomás - o Gastón - no acepta la rigidez de unas reglas que van contra su hedonismo o contra sus ganas de ayudar a los demás. El trabajo, los horarios, la rutina... todo eso va en contra de su concepto de la vida. Por tanto, intentará escaquearse, o hacer las cosas a su ritmo, o tratará de facilitar la vida a los demás.

Porque Tomás, o Gastón, no es egoista. Quiere que todos participen de su manera de entender las cosas, que todos compartan esa alegría de vivir que está detrás de sus motivaciones. El humor surgirá del choque con la realidad, cuando sus maquinaciones se revelen imposibles o se enfrenten a la incomprensión de sus compañeros. Así, aunque sus historietas nos hagan sonreir, cuando no reir a mandíbula batiente, si reflexionamos, estamos ante un humor agridulce y lleno de contrastes. Porque evidentemente, un personaje como Tomás supondría la ruina para todos nuestros planes dentro de esta vida encorsetada que llevamos, y nos reimos ante sus "torpezas" y desastres. Y, sin embargo, ¿no es triste? ¿No nos gustaría más de una vez ser como Tomás y saltarnos un poquito, aunque sólo sea un poquito, la norma? ¿Para echar algo de pimienta sobre la sosería que preside nuestra rutinaria actividad diaria?

Pues no, no podemos. Y en las oficinas, en las escuelas, en los hospitales, en todos esos mundos donde la rigidez preside la norma de actuación, no hay lugar para los Tomás (o Gastón). Y eso, tristemente necesario, puede acabar doliendo...

Franquín creó con Tomás el Gafe (o Gastón Elchapuzas, o Eldesastre) un icono contra la sociedad del bienestar de los últimos años cincuenta que hoy, cuando somos presa del terror bimilenario, sigue siendo vigente. Porque los postulados siguen siendo válidos, y porque la riqueza de los gags, siempre parecidos y siempre diferentes, se mantiene a lo largo del tiempo. Ya que no podemos poner un Gastón (o Tomás) en nuestra vida, siempre podemos ponerlo en nuestro ocio leyendo sus desventuras. Y riéndonos de ellas, aunque no nos demos cuenta de que lo que hace Franquin es darnos una bofetada con cada gag.

lunes, 15 de enero de 2007

La tristeza de Jeremiah

La fuerza de una viñeta puede verse fácilmente si se descontextualiza. Para que una viñeta mantenga su vigor aislada de sus referentes, sin embargo, hace falta un excelente dibujante, alguien que sea capaz de reflejar en un rostro o en un ambiente todo el contenido del recuadro, además de poder, si es necesario para la narración, usar otro elementos consustanciales a la historieta.

Veamos esta viñeta de Hermann, del álbum Un cobaya para la eternidad, de la serie Jeremiah. Tanto si conocen la obra como si no, es difícil sustraerse a la fuerza de su expresión, y casi imposible no deducir los sentimientos del personaje.

Obviamente, el principal garante del contenido es el dibujo del rostro. A pesar del detalle del dibujo realista del autor belga, es de una simplicidad latente. Ojos cerrados, labios con mohín, el rostro ligeramente entornado. Así de sencillo. Hay tristeza en el personaje. Podemos elucubrar: si no fuera por los ojos cerrados, probablemente veríamos las lágrimas; es posible que cerrar los ojos implique también que no quiere ver algo o a alguien.

Decíamos que no basta con ser un buen dibujante, con todo; hay otros elementos del lenguaje del cómic que el autor debe saber dominar. Evidentemente, un primer plano es el mejor medio para mostrar el sentimiento del personaje, pero aquí ese primer plano es convenientemente manipulado por el artista. El rostro esta cortado a la altura de la coronilla, por arriba, y de la barbilla, por abajo. El efecto es que si dividiéramos la viñeta horizontalmente en tres partes más o menos iguales, veríamos que la prímera línea que corta estaría aproximadamente a la altura de los ojos; la segunda, a la altura de los labios. Los dos elementos que definen la expresión de Jeremiah. Según una regla de la fotografía, esas líneas imaginarias que dividen en tres una imágen definen los puntos de más interés.

Veamos ahora el encuadre: estamos ante una viñeta horizontal. Un encuadre vertical habría constreñido la imágen, dando la impresión de un ambiente cerrado y redundando probablemente en la interioridad de los sentimientos del personaje. Pero el autor decide introducir una línea de diálogo, con lo cual entra en escena un personaje que no aparece en la viñeta. Es un diálogo corto y, además, en un rotulado muy pequeño. El encuadre horizontal que nos ofrece Hermann parece exagerado para algo tan exiguo. ¿O no?

Al estar el personaje situado a la derecha, se respeta el sentido de lectura desde la izquierda, así que leemos primero sus líneas y luego vemos su rostro. La última impresión es la demoledora tristeza que transmite. Para cuando vemos el dibujo, ya sabemos la causa de su tristeza: decepción. El rotulado pequeño transmite un sonido bajo, casi un susurro. Los puntos suspensivos que le rodean, la idea de una frase inacabada, quiza enmarcada en un suspiro. El bocadillo no engloba las palabras, y queda deliberadamente abierto: las palabras de Jeremiah son lanzadas al aire, más que dirigidas a su invisible interlocutor, y en su pequeñez dentro de la viñeta, dentro de ese desequilibrio con respecto a la ocupación de las dos mitades de la misma, transmiten absoluta indefensión.

Sí, una viñeta descontextualizada puede mantener su fuerza. Eso nos da una idea de su función dentro del relato. Sólo hace falta un autor que sepa bien lo que hace.

Imagen © Novedi, Bruselas / Ediciones Junior.

viernes, 12 de enero de 2007

Blancanieves y los siete bebecitos

Me gusta Fábulas. Y si pienso por qué, me ocurre como con tantas cosas que no destacan por nada en especial y sin embargo me hacen pasar buenos ratos de ocio. Puede que tenga que ver con que el guión no insulta a la inteligencia y el dibujo no insulta a la vista (incluso, cuando anda Craig Russell por ahí, atrae poderosamente). La cuestión es que cada volumen que aparece en las tiendas sigue a día de hoy siendo una cita obligada.

Como ocurre muchísimas veces, la razón está en que los personajes interesan. Queremos saber qué les pasa. Esto se consigue con una buena caracterización que va mucho más allá de su supuesto origen en los cuentos de hadas. Porque si el guionista Biill Willingham pretendía hacer una deconstrucción de los mismos, la serie es un rotundo fracaso. Algo que, incidentalmente, sí ha conseguido Linda Medley con su estupenda serie Castle Waiting.

Sin embargo, si lo que pretendía era meramente contar historias completamente diferentes, por ahora la cosa se salda con un aprobado alto. Porque personalmente, me interesa poco si la Blanca que aparece en esta obra es la chica que provocaba los celos de su madrastra o si el detective licántropo que la seduce es en realidad el lobo que se comió a la abuelita y los cerditos. Pero si que me gusta cómo son caracterizados por el autor, que consigue además que me enganche a las historias que cuenta sobre ellos.

En el volumen Las crueles estaciones tenemos un buen ejemplo. Tres relatos bastante diferentes entre ellos que no obstante tienen un denominador común: el buen uso del suspense. Sobre la actitud de Cenicienta en el primero, sobre la extraña misión del grupo de soldados en el segundo, sobre los hijos de Blancanieves y una serie de extraños asesinatos en el tercero. Todos ellos muy bien resueltos y acompañados de la habitual plantilla de secundarios -y otros nuevos- que animan la narración.

¿Reproches? Pues alguno hay, porque no es Fábulas, en mi opinión, la obra redonda que algunos ven, por mucho que me guste. En primer lugar, el dibujo, como he dicho, cumple, que no es poco, pero tampoco nada más (en el caso de Mark Buckingham, no sé todavía si su dibujo está consolidado o en evolución a algo mejor, las reminiscencias de Alan Davis y, a veces -aunque esta ya es más apreciación personal- Chris Bachalo, lastran un poco. Aunque todos sabemos cómo empezó Bryan Hitch y adónde ha llegado, así que, ¿quien sabe?

En segundo lugar, que, como reflejo de toda la serie, algunos pasajes dan menos de lo que prometen. La historia de la segunda guerra mundial daba para algo más que la típica trama de científicos locos y nazis siniestros, y uno piensa en las posibilidades de una idea original de Mignola escrita por el propio Willingham... los buenos misterios pergeñados por aquel desarrollados con buenas caracterizaciones (algo de lo que adolece el creador de Hellboy)... por soñar que no quede.

En cuanto a la historia que da título al tomo, encuentro un desequilibrio entre la trama de los hijos de Blancanieves y los asesinatos, que da la salsa a la narración y nos obliga a seguir leyendo, y la de la alcaldía de Príncipe Azul, bastante sosa... claro que ésta tiene por marco una historia más general que viene de antes y sigue despues, con lo cual es posible que merezca un juicio más adelante, cuando haya una mejor visión de conjunto.

Con todo, y resumiendo, Fábulas sigue siendo una serie que merece ser seguida. Por mi parte, yo espero pacientemente el próximo tomo. ¿Y ustedes?

domingo, 7 de enero de 2007

Tras los ojos del asesino

En todas las artes hay en el espectador un matiz de voyeur, en el sentido de que somos cotillas testigos de la visión del mundo que el artista ha querido darnos. Sin embargo, en pocas somos tan manejados por el artista como en las artes visuales narrativas, como el cine o la historieta. Ahí somos marionetas en manos del creador, qué nos hace ver lo que él quiere que veamos y nos deja poco espacio para la imaginación. Pero también es cierto que el narrador omnisciente que nos cuenta historias en estos medios hermanos puede, al decidir la forma en que cuenta el relato, dar cierto margen de actuación al espectador. Sin embargo, otras veces fuerza a éste a ser observador indefenso de lo que acontece.

En la historieta "El asesino" Will Eisner nos pone de repente (previo aviso, eso sí), literalmente tras los ojos de Henry, el protagonista. Vamos a presenciar una tragedia en primera fila, sin ninguna barrera, ni siquiera la emblemática cuarta pared. Esto va a permitir que comprendamos mucho mejor las motivaciones de Henry, sin ninguna innecesaria explicación más. Es como si, situados en las cuencas de los ojos de éste, recibamos al mismo tiempo que él las instrucciones que manda el cerebro.

Toda el flash-back que se ha desarrollado antes ha llevado a esta cruda manifestación de la realidad, donde la implicación con el personaje es total. Ya no es que la viñeta sea el ineludible destino al que el artista obliga al lector a llevar a sus ojos... Se nos introduce tras los ojos del personaje, y ya no vemos lo que ve el artista, si no lo que ve aquel. Es como si el creador nos dijera que él es también esclavo de su relato, que no puede elegir lo que cuenta. Es más, este punto de vista incide en la frialdad con la que actúa el personaje, demostrándonos como el modo de narrar una historia no sólo es un medio para el desarrollo de la misma, si no que también puede aportar datos a la caracterización.

El acertado uso de recursos como este es campo vedado de maestros en su arte, como el añorado Will Eisner. Muchas veces, cuando vemos algo así somos inmunes a su efecto, por tantas veces como ha sido imitado, repetido e incluso parodiado, y olvidamos, o ignoramos, a los pioneros que experimentaban con el lenguaje del medio. No está de más rendirles el homenaje que se merecen de vez en cuando.

Imagen © Will Eisner, Norma Editorial.

jueves, 4 de enero de 2007

Una habitación con viñetas

Hasta donde soy capaz de recordar, siempre he leído tebeos. Siempre me ha fascinado la viñeta, ese elemento narrativo capaz de transmitir emociones infinitas, y me he rendido ante la magía del lenguaje subyacente en las viñetas cuando estas se combinan para contar una historia.

Como para el Pablito de Paracuellos, cada nuevo tebeo que caía en mis manos suponía un instante parado en el tiempo, un momento maravilloso. Abría sus páginas con un temor casi reverencial y luego devoraba una y otra vez todas y cada una de sus páginas con fruición, hasta que las puntas de las hojas se volvían amarillas y macilentas de tanto pasar y repasar. Daba igual que fuera un Tintín, o un Asterix, o un Mortadelo, o un Tio Gilito. Todos "sufrían" ante mi voraz lectura.

Con el tiempo, fui aprendiendo que detrás de Tintín estaba un tal Hergé, o de Asterix unos tales Uderzo y Goscinny... hasta el señor Ibáñez aparecía en la última página de los volúmenes de Mortadelo y Filemón (Nota: tardé tiempo en saber que Walt Disney no era el creador directo de todas las películas y tebeos de su factoría, así que el reconocimiento a Carl Barks fue muy tardío...). Y les envidié esa capacidad de contar una historia en viñetas, envidia acrecentada con el paso de los años, al ver mi incapacidad manifiesta para el dibujo y tener que limitarme a hablar de los sentimientos que me inspiraba su lectura...

La cuestión es que una parte importantísima de nuestra vida se compone de canciones, de libros, de películas... y de viñetas. Viñetas que nos han emocionado y transpuesto, que están dentro de nosotros, y que supusieron ventanas a nuevos mundos, lejanos y cercanos al nuestro.

Si ustedes sienten como un servidor y como el Pablito de Paracuellos, les doy la bienvenida a esta bitácora y les invito a compartir las sensaciones que puede llegar a ocasionar la lectura de un tebeo o una viñeta. Muchas gracias.

Imagen © Carlos Giménez, Ediciones Glénat.