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lunes, 21 de mayo de 2007

La isla de Nunca Jamás existe

Tiene Javier de Isusi la capacidad de contar historias, algo difícil ya de por sí. Pero además tiene también el poder de hacerlas evocadoras, de obligar al lector a mascullar entre dientes y meditar mientras se leen los avatares de Vasco, al que uno no sabe si atribuirle el papel de "otro yo" del artista o de mero comparsa imaginario en los eventos que pretende narrar.

La cuestión es que en esta segunda entrega de Los viajes de Juan Sin Tierra el historietista va un paso más allá de lo que nos presentó en el primer capítulo, La pipa de Marcos. Había allí un afán documentalista, sólo roto en las últimas páginas por la casi fantasmal y presumiblemente falsa presencia del lider zapatista.

En La isla de Nunca Jamás toma el referente de la obra de Barrie para presentar un relato a varios niveles, oscilando entre lo documentalista, lo literario y lo legendario. Nuevamente Vasco toma parte en una acción reivindicativa, pero aquí ésta se nos muestra dentro de una sublimación de la historia, que adquiere características de mito. A esto hay que sumarle reflexiones sobre la capacidad de contar y la que parece que va a ser habitual en la serie crítica política.

Todo este material, que en otras manos habría originado un caos ilegible, es manejado por Isusi de forma sabia, dentro de un ritmo de narración muy bien estudiado. El autor sabe perfectamente cuando debe introducir el mito, cuando la leyenda y cuando los flash-backs, las reflexiones o la crítica, hasta llegar al desenlace final donde se desencadena la aventura. También sabe el estilo de dibujo adecuado para cada momento, algo de lo que se beneficia sobremanera la lectura.

¿Cuanto tiempo de búsqueda le queda a Vasco para encontrar a ese cada vez más imaginario e intranscendente amigo Juan? Uno espera que bastante, porque eso querrá decir que Isusi tiene todavía mucho que contar, ya que es de esos pocos afortunados que parece haber encontrado el lugar donde moran las historias...

Nota: todos, el autor el primero de ellos, hablan de la deuda de este Juan Sin Tierra con Hugo Pratt... sin ánimo de ser polémico, uno prefiere, con mucho, las andanzas del bueno de Vasco, que encuentro mucho más cercanas que las del aventurero Maltés... Con aquellas me encuentro más a gusto y más identificado. Que conste a los efectos oportunos.

viernes, 4 de mayo de 2007

Otra maravilla de Carlos Giménez

Nada, que no hay manera. Que uno intenta leer cada nuevo trabajo de Carlos Giménez desde una distancia, sin los arrebatos del admirador convicto y confeso, y no se puede. Que este señor te mete en sus historias de un trompazo y cuando sales de ellas estás hecho un guiñapo de sensibilidad (no sensiblería, eso nunca) y sentimientos.

De seguir este ritmo, se nos va a convertir Carlos (si no lo ha hecho ya) en nuestro Will Eisner particular, en el sentido de que la edad no aporta síntomas de cansancio a su trabajo, si no todo lo contrario: hay trazo firme, vitalidad, pulso narrativo, caracterización y, sobre todo, historias que atrapan desde las primeras viñetas.

Da igual que las dos historias cortas (las de apertura y conclusión) de este volumen sean más o menos predecibles en su resolución y jueguen al equívoco narrativo con todos los tópicos posibles. Giménez consigue que nos hagamos compadres de esos personajes y vivamos lo que ellos viven.

Pero en las dos historietas largas... ay, en esas historietas... no sólo consigue el autor que sintamos en carne viva la peripecia... es que logra unas historias plenas de sentimiento, de cambios de ritmo narrativo y de inspiración que llegan a lo más hondo del lector. En "El mozo", por ejemplo, conviven la aventura infantil, el apunte costumbrista, la serenidad y misterio de un padre protector, la lealtad misteriosa... con la exaltación destructiva, el odio, el cambio de bando de personajes que pasan de ser odiados a ser compadecidos...

"Ese día...", por contra, fluye narrativamente con serenidad, extrayendo el sentimiento de que hay algo, un acontecimiento dramático, que el lector conoce desde el principio y el niño protagonista ignora. Así, la historieta discurre plácidamente entre juegos infantiles mientras que nosotros, espectadores, en lugar de disfrutar de esa alegria de la niñez, sentimos el corazón encogido ante como Alfredito, sin saberlo, va a ver trastocada su inocencia. Cosa que ocurre al final, en unas viñetas estremecedoras.

Es, pues, imposible ser imparcial ante un tebeo de Carlos Giménez. Todo lo que nos queda es darle las gracias al maestro por una nueva gran obra, y rogar porque le quede salud y ganas de hacer tebeos durante mucho tiempo.

lunes, 30 de abril de 2007

El cuervo vuela alto

Si hay un género que sigue en absoluto déficit en nuestro cómic, es el tebeo histórico, o de género y ambientación histórica... con contadas excepciones, claro está; y eso que la novela histórica conoce un período de vacas gordas en nuestro país. Entretanto, en Francia se suceden las historietas de este calibre, dando obras de gran calidad.

Hace un par de años se completó aquí la publicación de El vuelo del cuervo, una historia costumbrista de intriga, amor y traiciones enmarcada en París durante el fin de la ocupación alemana en los últimos estertores de la Segunda Guerra Mundial. Es esta obra un buen ejemplo de una buena historia con una excelente ambientación histórica.

Gibrat mezcla en ella costumbrismo (las actividades del ladronzuelo François o del matrimonio René y Huguette), crítica política (la adscripción al comunismo de Jeanne), romance (el ineludible enamoramiento de los dos protagonistas), aventura (la azarosa escapada de ambos por los tejados de la ciudad, o en esa chalana que recorre los canales y ríos franceses) e intriga (el misterio sobre quién delató a Jeanne, o sobre el paradero de la hermana de la misma). Estamos, pues, ante una obra de múltiples lecturas y niveles argumentales, todos ellos bien articulados y encaminados hacia un agridulce desenlace...

Para hacer que esta máquina funcione, el autor presenta un relato narrado en primera persona por la protagonista -salvo al final, donde da paso a un estilo epistolar-, fuertemente dialogado y, sin embargo, en ningún momento espeso. El recurso empleado para soslayar esto se encuentra en la excelente caracterización: los personajes se hacen conocidos al lector muy pronto, y, en su mayor parte, generan una corriente de simpatía. Pero no piensen que el diálogo llega a ser abrumador: el autor sabe usar bien los silencios, como se puede ver en el episodio del bombardeo de la chalana por un avión aliado.

La obra destila un ambiente optimista gracias a los personajes, a pesar de que la ominosa sombra de la ocupación y la delación nunca abandona la historia. Al final, además, dicho optimismo se diluye en una resolución, como hemos dicho, agridulce... Curiosamente, los colores brillantes del comienzo de la obra, que coincide con la ocupación nazi, ceden paso a unos tonos algo más ocres en el desenlace, paralelo a la liberación aliada.

Es El vuelo del cuervo una obra que apela hábilmente a nuestros sentimientos, mostrándonos un fresco de personajes y actitudes a la par que la evolución de una amistad, todo ello con el transfondo de uno de los momentos más lamentables de la historia de la humanidad. Un trabajo para degustar y disfrutar.

miércoles, 18 de abril de 2007

Un escuadrón no tan supremo

A veces no basta con ser un reputado guionista en otros medios para hacer un buen tebeo. Qué se lo pregunten a Kevin Smith, por ejemplo. El guionista que nos ocupa, J.M. Straczinsky, ha tenido éxito en el medio televisivo, que requiere rapidez expositiva, caracterización muy ágil, dinamismo. Muchos guionistas creen que, cuando llegan a los folios que luego pasarán al dibujante de turno, tendrán todo el espacio del mundo para desarrollar su historia. Y no es necesariamente así.

La cuestión es que Straczynski ya había dado buenas muestras de su adaptación al medio de la historieta en Rising Stars y, sobre todo, en Midnight Nation. Ahí aplicaba la fórmula televisiva al cómic con habilidad: cada capítulo o comic-book de 22 páginas, un "episodio" que podría leerse aisladamente con tranquilidad, tal era la sensación satisfactoria de cierre que podía verse en cada uno de ellos; y, por supuesto, sin olvidar que todo formaba parte de una historia mayor, con lo que el hilo conductor jamás era abandonado, sin entrar en perjuicio de la calidad del episodio en cuestión.

Sin embargo, cuando el guionista acomete series más amplias, cuando tiene todo el tiempo del mundo para desarrollar historias más ambiciosas en extensión, abandona la fórmula que domina y empiezan los matices negativos. Algo así ocurre en su acercamiento a Spider-Man, aunque ahí le salva de la quema la aportación de alguna que otra idea novedosa y el acertado desarollo de ciertos personajes.

La de arena la da Straczinsky en Supreme Power, esa versión moderna del Escuadrón Supremo que se nos quiso vender como el Watchmen del siglo XXI o la enésima definición del superhéroe. Pero amigo, el problema es que Watchmen solo ha habido uno, y solo uno habrá. Lo que en la obra de Moore y Gibbons era una condensación de argumento y datos en cada episodio en aras de la historia general, aquí es el estiramiento de una anécdota en 18 capítulos a cual más inane. Lo que allí era originalidad de planteamientos e ideas, aquí es repetición de esquemas y temas manidos -algunos de ellos en la propia Watchmen, como la metáfora del reloj... La obra tiene ritmo narrativo, eso es incuestionable -y ya veremos cuánto mérito hay de ello en el dibujante Gary Frank- , pero otra cosa es que la historia sorprenda, o al menos entretenga. Lamentablemente, hay momentos de aburrimiento por esa sensacion de déjà vu en algunos dialogos y situaciones.

Curiosamente, el trabajo de Straczynski se tambalea cuando abandona los elementos argumentales que tanta calidad le dieron en su periplo televisivo y que tan bien había adaptado al tebeo en las dos obras que mencionábamos al principio. Al final, Supreme Power no deja de ser un esforzado producto que estira con un dibujo agradable una historia con poca chicha y personajes cuya caracterización es innecesariamente extensa, algo de lo que se resiente el argumento.

jueves, 12 de abril de 2007

El tiempo arrebatado

Hay gente que pierde su tiempo y hay gente a la que se lo quitan. Hay gente cuya ilusión se ha quemado en vanas esperanzas y esfuerzos gratuitos, y otra gente cuya ilusión se mantiene viva pese lo que pese, atravesando el tiempo y el espacio. El tiempo arrebatado es la historia de cuatro personas; dos de ellas viven vidas extraordinarias y las otras dos vidas aparentemente corrientes, pero las primeras acabarán enseñando a las otras a luchar contra ese tiempo voraz que todo lo consume.

Antonio Navarro plantea dos tramas paralelas, una de ellas líneal y la otra laberíntica, hecha de retazos y piezas de rompecabezas. Cuando la primera domina, el lector se limita a dejarse llevar, esperando ese momento mágico en que la historia le atrapa, cosa que ocurre cuando la segunda trama irrumpe como un torrente. Es en ese instante cuando el espectador, al igual que las protagonistas de la primera línea argumental, empieza a quedar subyugado por la fuerza de una historia conmovedora y mágica, que traspasa los acontecimientos fundamentales del siglo XX y nos lleva a nuestro presente, en un batiburrillo de referencias que van desde el evidente Borges a Picasso, del realismo a las mitologías y leyendas hindúes.

Estamos, no lo duden, ante uno de los mejores tebeos de los últimos años, pleno de fuerza, originalidad y emotividad. Aunque el autor usa como punto de partida un personaje y obra anterior, Simone, no depende de él para lograr su propósito: es una de esas obras que, traspasada la última página, dejan al lector pensativo, colmado de esas sensaciones de satisfacción que sólo puede producir una buena lectura, a la par que con la necesidad imperiosa de volver a leerlo para volver a disfrutarlo y, quizás, descubrir un nuevo nivel de lectura, o un secreto oculto que se nos escapó la primera vez.

lunes, 2 de abril de 2007

Castle Waiting: el cuento de nunca acabar... por suerte


Debería ser Castle Waiting una de las novedades editoriales mejor recibidas este año. Por ser una excelente serie, y también por estar el terreno abonado para una buena recepción de su contenido, con una afición que, en general, ha recibido bien, por ejemplo, la publicación de series como Bone o Fables, con las que comparte temática.

Coincide con Fables en el uso de personajes de cuentos de hadas, y, con Bone, en la presencia de una inocencia y simplicidad narrativa dotada de buen sentido del humor pero no exenta de aristas oscuras. Pero no crean que Castle Waiting es una mera suma de ambas características.

Linda Medley retoma a los personajes de cuentos de hadas allí donde los dejaron los autores generales, y crea un mundo propio pero fácilmente reconocible, con sus propias reglas pero fácilmente discernibles por el lector, que navega por territorio conocido aunque siempre intrigado por dónde le está llevando la autora.

Así, sus personajes -propios o heredados del cuento de hadas- son dotados de motivaciones que claramente podríamos encontrar en nuestra sociedad moderna, sin perder ese halo mítico que heredan de su origen. La aventura es pausada y nada agobiante, y los diálogos fluyen ágilmente dotando de caracter a los protagonistas de la historia.

Estamos, en definitiva, ante un tebeo de lectura muy agradable, muy bien construido, que pretende una deconstrucción o acercamiento muy particular a los cuentos de hadas, adaptando a estos para el lector actual. Uno de los indispensables de este año.

miércoles, 21 de marzo de 2007

Tom Strong, un superhéroe de fiar

¡Pobrecitos superhéroes! En los últimos años han sido destruidos, deconstruidos, reconstruidos y destruidos de nuevo; han sido adaptados a los ochenta, a los noventa, al fin de siglo y al nuevo siglo; han sido ajustados para adolescentes, para niños, para universitarios y para cuarentones; les han vestido de fantasía heróica, de slice of life, de género negro y de manga. Al final, con todo este cóctel, no debería haber nadie a quien no le gustara por lo menos un tebeo de superhéroes... ¿o sí?

La verdad es que el tejemaneje que ha sufrido el género debería ser una muestra de su ductilidad... y, sin embargo, no deja de ser muestra de que las coordenadas en las que se mueve son muy limitadas, y que pocas veces el traje nuevo que se les ha puesto les ha sentado bien, con lo cual ha habido que cambiarles la vestimenta muy a menudo. Y todo ello para que al final algun autor tome como bandera el retorno a los orígenes, la recuperación de la "magia" que tenían en origen. Se podría pensar que para ese viaje no hacían falta tantas alforjas, la verdad.

Pero cuando el que plantea la vuelta a la simplicidad y magnificencia es nada más y nada menos que Alan Moore, el guionista que con Watchmen puso el género patas arriba, aunque fuera por poco tiempo, la cosa da que pensar... Ignoro si Moore se horrorizó al ver adónde iba el camino por él abierto o si se la traía al pairo, pero evidentemente, un escritor de su talento en un tebeo de superhéroes "a la antigua" prometía mucho.

Con Tom Strong, Moore confirma algo que ya había hecho con su Supreme, y es que como mejor funciona una historia de superhéroes es manteniendo la percepción de lo maravilloso en el lector, y acudiendo a historias de desarrollo simple pero imaginativas. Se podrá luego adornar eso con más o menos dosis de folletín, pero parece claro que si al superhéroe le de despojamos de aquello que precisamente, le hace "súper", a no ser que la historia denote un talento fuera de serie, el tebeo puede caerse de las manos.

No es éste, por suerte, el caso de Tom Strong, donde a la presencia del héroe todopoderoso se le añaden unas cuantas gotas de pulp, Edgar Rice Burroughs, H.G. Wells y Lee y Kirby, resultando la mezcolanza un tebeo que es una delicia para leer, sencillo en sus planteamientos tanto a nivel de guión como de dibujo, pero tremendamente efectivo en ambos casos, y aparentemente falto de ambición. Y digo aparentemente, porque una historia que tiene por objeto entretener, y lo consigue con creces, no esta falta de ambición precisamente...

En resumen, un excelente cómic, tanto dentro de su género como fuera del mismo. A leer.

jueves, 8 de marzo de 2007

Ice Haven, alma helada

Para vivir en Ice Haven, tienes que ser frío como el hielo. Si una sóla emoción se abre paso hacia tu alma, estás perdido. Vive para ti. Piensa para ti. Haz para ti. Que nada traspase tu coraza. Y sobre todo, nunca muestres una debilidad hacia nadie. Camina siempre de frente sin dar la vuelta. Y miente. Miente mucho. Que nadie encuentre indicios de que alguna verdad sale de tus labios.

Sin embargo, ten en cuenta que no vas a engañar al lector. Que ya son muchos años de leer tebeos, y este individuo es más listo que el hambre. Te ha calado muy bien, y ha visto tus miradas. Tus silencios. Sabe que debajo de la armadura hay soledad, tristeza, inquina y rencor. Hasta esperanza.

Y es que tú, insignificante morador de Ice Haven, eres el producto de la imaginación de Daniel Clowes. Así que da igual que te escondas tras una laberíntica estructura narrativa y diferentes soluciones gráficas. Clowes te hace mirar y te hace callar, y en esas miradas y silencios te traicionas y te muestras a todos tal cual eres. Y no importa que a veces recurras a la ironía para esconder tu patética existencia. Porque incluso ese muro se viene abajo y acabas mostrándote desnudo ante todos. Nos reiremos de ti, nos compadeceremos de ti. Aunque tú no lo quieras.

Sigue viviendo tu vida, ciudadano de Ice Haven. Pero no olvides que te vemos tal cual eres, y, quizás, con conocimiento de causa. Porque muchos hemos sido alguna vez ciudadanos de nuestro Ice Haven particular.

sábado, 20 de enero de 2007

Tomás o Gastón, da igual. ¡Qué grande eres, Franquin!


Mis conocimientos sobre la historia del tebeo no son tantos como para aseverarlo con completa seguridad, pero me atrevería a decir que en Tomás el Gafe tenemos, si no al primero, a uno de los mejores retratos de anarquista no violento en la historieta de humor, si no en la historieta, sin adjetivos. No me refiero a un anarquista combativo, claro: sus trastadas definen a un espíritu libre e inocente, que no entiende nunca por qué a los demás no les gustan sus iniciativas y, es más, tampoco entiende por qué la gran mayoría están condenadas a salir mal.

Tomás - o Gastón - no acepta la rigidez de unas reglas que van contra su hedonismo o contra sus ganas de ayudar a los demás. El trabajo, los horarios, la rutina... todo eso va en contra de su concepto de la vida. Por tanto, intentará escaquearse, o hacer las cosas a su ritmo, o tratará de facilitar la vida a los demás.

Porque Tomás, o Gastón, no es egoista. Quiere que todos participen de su manera de entender las cosas, que todos compartan esa alegría de vivir que está detrás de sus motivaciones. El humor surgirá del choque con la realidad, cuando sus maquinaciones se revelen imposibles o se enfrenten a la incomprensión de sus compañeros. Así, aunque sus historietas nos hagan sonreir, cuando no reir a mandíbula batiente, si reflexionamos, estamos ante un humor agridulce y lleno de contrastes. Porque evidentemente, un personaje como Tomás supondría la ruina para todos nuestros planes dentro de esta vida encorsetada que llevamos, y nos reimos ante sus "torpezas" y desastres. Y, sin embargo, ¿no es triste? ¿No nos gustaría más de una vez ser como Tomás y saltarnos un poquito, aunque sólo sea un poquito, la norma? ¿Para echar algo de pimienta sobre la sosería que preside nuestra rutinaria actividad diaria?

Pues no, no podemos. Y en las oficinas, en las escuelas, en los hospitales, en todos esos mundos donde la rigidez preside la norma de actuación, no hay lugar para los Tomás (o Gastón). Y eso, tristemente necesario, puede acabar doliendo...

Franquín creó con Tomás el Gafe (o Gastón Elchapuzas, o Eldesastre) un icono contra la sociedad del bienestar de los últimos años cincuenta que hoy, cuando somos presa del terror bimilenario, sigue siendo vigente. Porque los postulados siguen siendo válidos, y porque la riqueza de los gags, siempre parecidos y siempre diferentes, se mantiene a lo largo del tiempo. Ya que no podemos poner un Gastón (o Tomás) en nuestra vida, siempre podemos ponerlo en nuestro ocio leyendo sus desventuras. Y riéndonos de ellas, aunque no nos demos cuenta de que lo que hace Franquin es darnos una bofetada con cada gag.

viernes, 12 de enero de 2007

Blancanieves y los siete bebecitos

Me gusta Fábulas. Y si pienso por qué, me ocurre como con tantas cosas que no destacan por nada en especial y sin embargo me hacen pasar buenos ratos de ocio. Puede que tenga que ver con que el guión no insulta a la inteligencia y el dibujo no insulta a la vista (incluso, cuando anda Craig Russell por ahí, atrae poderosamente). La cuestión es que cada volumen que aparece en las tiendas sigue a día de hoy siendo una cita obligada.

Como ocurre muchísimas veces, la razón está en que los personajes interesan. Queremos saber qué les pasa. Esto se consigue con una buena caracterización que va mucho más allá de su supuesto origen en los cuentos de hadas. Porque si el guionista Biill Willingham pretendía hacer una deconstrucción de los mismos, la serie es un rotundo fracaso. Algo que, incidentalmente, sí ha conseguido Linda Medley con su estupenda serie Castle Waiting.

Sin embargo, si lo que pretendía era meramente contar historias completamente diferentes, por ahora la cosa se salda con un aprobado alto. Porque personalmente, me interesa poco si la Blanca que aparece en esta obra es la chica que provocaba los celos de su madrastra o si el detective licántropo que la seduce es en realidad el lobo que se comió a la abuelita y los cerditos. Pero si que me gusta cómo son caracterizados por el autor, que consigue además que me enganche a las historias que cuenta sobre ellos.

En el volumen Las crueles estaciones tenemos un buen ejemplo. Tres relatos bastante diferentes entre ellos que no obstante tienen un denominador común: el buen uso del suspense. Sobre la actitud de Cenicienta en el primero, sobre la extraña misión del grupo de soldados en el segundo, sobre los hijos de Blancanieves y una serie de extraños asesinatos en el tercero. Todos ellos muy bien resueltos y acompañados de la habitual plantilla de secundarios -y otros nuevos- que animan la narración.

¿Reproches? Pues alguno hay, porque no es Fábulas, en mi opinión, la obra redonda que algunos ven, por mucho que me guste. En primer lugar, el dibujo, como he dicho, cumple, que no es poco, pero tampoco nada más (en el caso de Mark Buckingham, no sé todavía si su dibujo está consolidado o en evolución a algo mejor, las reminiscencias de Alan Davis y, a veces -aunque esta ya es más apreciación personal- Chris Bachalo, lastran un poco. Aunque todos sabemos cómo empezó Bryan Hitch y adónde ha llegado, así que, ¿quien sabe?

En segundo lugar, que, como reflejo de toda la serie, algunos pasajes dan menos de lo que prometen. La historia de la segunda guerra mundial daba para algo más que la típica trama de científicos locos y nazis siniestros, y uno piensa en las posibilidades de una idea original de Mignola escrita por el propio Willingham... los buenos misterios pergeñados por aquel desarrollados con buenas caracterizaciones (algo de lo que adolece el creador de Hellboy)... por soñar que no quede.

En cuanto a la historia que da título al tomo, encuentro un desequilibrio entre la trama de los hijos de Blancanieves y los asesinatos, que da la salsa a la narración y nos obliga a seguir leyendo, y la de la alcaldía de Príncipe Azul, bastante sosa... claro que ésta tiene por marco una historia más general que viene de antes y sigue despues, con lo cual es posible que merezca un juicio más adelante, cuando haya una mejor visión de conjunto.

Con todo, y resumiendo, Fábulas sigue siendo una serie que merece ser seguida. Por mi parte, yo espero pacientemente el próximo tomo. ¿Y ustedes?